Cuando sentimientos de culpa te lleven a dudar de tu salvación, «acuérdate de Jesucristo resucitado» y entenderás que «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1), pues Cristo «fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25).
Cuando las tribulaciones de la vida amenacen con hundirte, «acuérdate de Jesucristo resucitado». Aun del sepulcro se levantó triunfante. A sus discípulos los libró del naufragio cuando una tempestad en el lago de Tiberíades estaba a punto de acabar con sus vidas. En otra ocasión, andando de noche sobre las aguas del mismo lago, provocó el terror de los discípulos que creían ver en la figura caminante un fantasma. En muchas situaciones oscuras de nuestra vida solemos ver fantasmas estremecedores cuando en realidad nos hallamos ante la presencia de un Salvador todopoderoso, a quien oímos decir: «Soy yo, no tengáis miedo» (Mt. 14:22-27).
Cuando veas que tu cielo se nubla y te atenaza un sentimiento de frustración, «acuérdate…» y todo cambiará en tu interior, como cambió el de los dos discípulos de Emaús, primeramente, tristes y desconcertados por la muerte del Maestro, pero después radiantes de gozo y pletóricos de energía espiritual al comprobar que su Señor, resucitado, era el Cristo, vivo y glorificado.
Cuando veas que la Iglesia languidece y se mundanaliza con peligro de extinción, «acuérdate…». Jesús te dice: «No temas, yo soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto; pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.» (Ap. 1:17-18). él sigue diciendo: «Edificaré mi iglesia y las puertas del hades no prevalecerán contra ella» (Mt. 16:18)
Cuando tu fe se vaya enfriando y empiece a perderse tu primer amor, «acuérdate…». Le oirás decir: «Bástate mi gracia, porque mi poder en la debilidad se perfecciona» (2 Co. 12:9). «El que ha empezado en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el Día de Jesucristo» (Fil. 1:6).
Cuando el temor a la muerte te deprima y debilite, o cuando te arrebate un ser querido, «acuérdate…». El señor no sólo venció a la muerte, sino que, con su triunfo sobre ella, puede «librar a todos los que por el temor a la muerte están toda la vida sujetos a servidumbre» (Heb. 2:14-15). Cuando somos conscientes de estas realidades, podemos mirar a nuestro fallecimiento o al de nuestros deudos y amigos con serenidad, sin miedos recónditos o frías incertidumbres, Nuestra fe descansa en la promesa de Aquel que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá» (Jn. 11:25). Tener a Cristo es tener la vida; nada ni nadie puede aniquilarla.) ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Ro. 8:31). Pablo responde con firme convencimiento:» Estoy cierto de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir (…) nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús.»
¡ACUÉRDATE…!
Copiado y arreglado. Autor José M. Martínez (Clie)







